Siempre he considerado digna de admiración
a la gente que, sabiendo qué es lo que hay que hacer, e incluso careciendo en
muchos casos de las herramientas necesarias para acometer esa empresa en las
mejores condiciones, se propone un día, en lugar de quejarse del lamentable
espectáculo que ofrece la desidia general, poner manos a la obra y hacer
aquello a lo que tantas personas le sacan el cuerpo, a pesar de estar ubicadas
tal vez en mejor posición que ellos.
Vecinos que un buen día juntan medios y
modos para tapar a cuenta propia los hoyos que afean sus calles y afectan sus
vehículos; profesores que dedican horas de trabajo suplementarias a la
nivelación de sus alumnos con o sin pedir remuneración a cambio (pues mucha
gente parece sorprenderse todavía de
que los profesores tengan, además,
que pagar sus facturas), y amantes
del arte y la literatura que dedican tiempo y esfuerzo a escribir libros que
luego nadie leerá. Gente como esa me deja, lo confieso, verdaderamente
estupefacto, y me pone a recordar los días de mi infancia en los que nunca
podía tener en mis manos un radio de transistores sin que me pasara por la
cabeza la idea de querer desarmarlo para ver cómo algo tan pequeño podía hablar
y cantar tan bien.
Conste que no pretendo hacer aquí un elogio
de la autarquía. Lo que no puedo aceptar es permanecer cruzado de brazos
mientras veo pasar los últimos años útiles de una vida que bien pudo haber
servido para otra cosa. Considero, eso sí, que no es lo mismo ser un sueco que
hacerse el sueco, así como tampoco es lo mismo ser un diputado que hacerse el
diputado, ni ser un escritor o un profesor que hacerse el escritor o el
profesor. De ninguna manera se puede aceptar como buena y válida la confusión
entre ambos, aunque el imitador cobre lo mismo o más que el original. O si no,
trate de ir usted a que le cure una bronquitis alguien que finge ser un médico,
y después hablamos. Claro está, en este punto, importa muy poco que ambos, el
usurpador y el original pretendan “amar” por igual el oficio en cuestión: es por
sus hechos (o sus obras) por lo que cada uno de nosotros debería poder seguir
distinguiendo al profesional del simple amateur.
¿Tengo que precisar que, donde más arriba
me refería a los amantes del arte y la
literatura hablaba exactamente de eso: de los amateurs? Podría objetarse, ciertamente, que es precisamente a esa
condición a lo que todos nosotros, sin
excepción, nos hemos visto reducidos en esta época ingrata, incluso los que
tenemos dos, tres e incluso cuatro grados universitarios en áreas de Humanidades. Si me equivoco, que levanten la mano los
literatos dominicanos: poetas, cuentistas, novelistas o dramaturgos —incluyendo
entre ellos a los más premiados— que estén en capacidad de demostrarse a sí
mismos que no son simples amateurs de
un oficio del que nunca han podido vivir
como auténticos profesionales. Sí,
porque, por lo menos en mi época, lo normativo era oponer los amateurs a los profesionales, y
cualquier otra cosa era simple chulería.
Es cierto, sin embargo, que la culpa no es
del tiempo sino… de otra cosa. Recientemente me he encontrado sumamente
simpático el comentario en las redes de un profesor dominicano de filosofía
—que, por lo visto, todavía no se ha enterado de que, por lo menos en América
latina, la filosofía no es una verdadera “profesión”, como tampoco lo es la
literatura— quien hablaba inter pares
sobre algo que interesaba a «nosotros (sic)
los profesionales de la filosofía».
Lo que sí vale la pena decir sin tener que peinarse la lengua no es que los
filósofos son “más decentes” que los literatos, sino que solo alguien revestido
con esa osadía propia de los locos intentaría “opinar” de filosofía sin haber
estudiado, mientras que abundan, por el contrario, los opinantes literarios que
parecen tomarse más en serio sus logomaquias peripatéticas que la inmensa
mayoría de los literatos universitarios.
Cierto, la estrecha alianza entre el
lumpenaje y la poesía —cuya última fecha de nacimiento conocida data de la
famosa “Comuna de París”— hizo posible que prácticamente
cualquiera se sintiera con derecho a reclamar un puesto en la “República de
las Letras”, sin ni siquiera haber leído los libros que todo el mundo debería
leer antes de comenzar a escribir. A ello contribuyó el Surrealismo y su
maquinaria de propaganda replicada por las bocinas del anarco-trotskysmo, la
cual aseguraba que la poesía estaba «al alcance de todos los inconscientes».
Claro, los surrealistas estaban en campaña porque habían comprendido que, en el
período de entre-deux-guerres, había
demasiados bobos que engañar. Fueron ellos, de hecho, quienes le sacaron la
última gota al Romanticismo agonizante: no en balde, sus descubrimientos y
técnicas fueron recuperados, no por las escuelas y academias, sino por la publicidad, la verdadera garganta profunda de las sociedades
occidentales.
No obstante esto, es fuerza reconocer que,
ni en Europa ni en los Estados Unidos de América —a pesar del poderoso empuje
del empirismo protestante que allí predomina—, la democratización de la
producción literaria ha conducido nunca a la obliteración de la formación
académica. En Francia, por ejemplo, aquello que decía Jean-Paul Sartre en 1947
acerca de los escritores franceses sigue siendo más o menos cierto en 2017:
«[…] en Francia, donde el bachillerato es un diploma de burguesía, no se admite
que alguien piense en escribir sin ser por lo menos bachiller» (Sartre, J.-P.:
1947, p. 206). Claro, el nuevo fenómeno de esta época neoliberal es que el
campo literario se ha visto enturbiado por una apertura mercadológica sin precedentes que ha llenado de ranas la
pecera. ¿Nostalgia de un mundo perimido? ¿Ganas de hacer la literatura great again, o simple vocación para
llamar pan al pan, y estraperlo al estraperlo? Personalmente, yo me inclino por
esto último.
Resulta simultáneamente curioso y
revelador, en efecto, que en la República Dominicana —el lugar por donde la
cultura europea entró al resto de América—, la
confusión entre el amateurismo y la profesionalidad haya permeado tan
profundamente a todo el campo literario. Cualquiera diría, en efecto, que aquí nadie estudió nunca literatura de verdad,
y que tampoco hay nadie aquí con capacidad para demostrarles a unas autoridades
que cada día se entrecomillan más a sí mismas que sus cacareados “planes
decenales de educación”, sus “currículos” y la inmensa mayoría de las
ejecutorias que se vienen aplicando en el campo educativo dominicano desde 1995
hasta la fecha no solamente han resultado más dañinas para todo lo que se
refiere a la configuración de nuestro campo literario, sino que han aumentado
hasta niveles vergonzosos la brecha entre la educación pública y la privada.
Dicho así, parecería que se trata de uno de
esos conflictos entre el “bien” y el “mal” como los que tanto les gusta a los
estudios de Hollywood. Pero no. Aquí también tenemos universidades auto
entrecomilladas. Como soy egresado de dos de ellas y he trabajado como profesor
“a destajo” en por lo menos otras tres, podría usarlas como ejemplo de eso a lo
que me gustaría llamar las causas locales
de nuestra propia versión dominicana de la decadencia de las Humanidades, al
margen del fenómeno de la globalización y de la imposición del paradigma
neoliberal en los distintos contextos socioculturales. Evidentemente, no está
entre mis objetivos hacer aquí semejante cosa, y no solo porque, como dice el
refrán “quien levanta su falda enseña su nalga” —a pesar de que, por ahora,
todavía prefiero usar pantalones—, sino sobre todo porque, en 1996, el país
cayó bajo el modelo neoliberal, lo cual implicó el desmontaje acelerado (como
si fuera a acabarse el rollo de una vieja película) de toda la tradición
sociocultural dominicana y la puesta en marcha de otra cosa que todavía, veintidós años después, no se sabe bien qué
es.
Lo que sí se sabe, no obstante, es que, en
el curso de la más grande operación de suplantación efectiva que nuestra
sociedad ha conocido desde la dictadura trujillista, hemos visto a tantos
personajillos escalar puestos y subir escaños que, con solo mencionar dos o
tres nombres, bastaría para que se me acusara públicamente de “resentimiento”
—sin que a nadie le importe que este sea, precisamente, el mismo viejo
“insulto” que se inventó la burguesía francesa, cuya mentalidad Balzac
describió a la perfección en novelas como Papa
Goriot y Las ilusiones perdidas,
y sin que a nadie le importe tampoco que no vivamos en una novela de Balzac,
sino en una sociedad que hasta mediados de 1980 era apenas una aldea donde todo
el mundo se conocía.
Parecería, en efecto, que quienes
últimamente acusan de “resentidos” a los que protestan por la corrupción que
impera en nuestro país nunca han leído a Balzac. A pesar de que se llenan la
boca (y los bolsillos) proclamando a los cuatro vientos su “amor” por el arte y
la literatura.
Con lo que sí es seguro que todos ellos
cuentan es con que, cuando una persona sensata abre los ojos para descubrir que
hay tantas cosas por hacer en el país donde viven, de lo último que esa
persona tiene ganas es de ponerse a criticar por aquí y por allá como un
descosido. Por eso precisamente es que los usurpadores han podido treparse tan
rápidamente a la mata de la importancia, porque hasta ahora han vivido
convencidos de que la mayoría de las personas decentes de esta sociedad están
sumamente hipotecadas o piensan que quienes critican al gobierno no son como
ellos, es decir, no son “personas decentes”. Saben que, en cualquier barrio o
sector dominicano por donde se mire, siempre serán tan solo dos o tres gatos
quienes quieran ensuciarse las manos tapando un simple hoyo en el pavimento,
pues el resto de las personas está esperando que otros vayan a resolverles sus
problemas, como aquellos profesores que otorgan notas excelentes a sus alumnos,
a sabiendas que no las merecen, basándose en el criterio de que “la vida se
encargará de quemarlos”.
Es así como nos hemos pasado los últimos veinticinco
años esperando que “el que venga atrás arree”. Poco a poco hemos venido viendo
nacer, en el curso de este último cuarto de siglo, una distinción inédita entre
los corruptos profesionales (quienes
están en el poder) y los corruptos
amateurs (todos nosotros). Los primeros, es decir, los profesionales, son
aquellos que se las agencian para procurarse capital económico y simbólico a su
paso por cualquiera de las fuentes (públicas o privadas) de poder. Los segundos
(los amateurs) son aquellos que se resignan
a vivir aceptando como buenos y válidos todos los hechos de los primeros, y que
cada día prefieren amputarse aún más su derecho a exigir un tratamiento justo
de parte de quienes les gobiernan.
Para que la resultante de esta oposición
continúe siendo nula, resulta indispensable mantener al pueblo alejado de toda forma de instrucción
literaria auténtica, mientras se lo engatusa con toda suerte de diplomitas,
premios, ferias y otros reconocimientos que apuntalen el sentido “espectacular”
de la cultura. ¿No es paradójico, en efecto, que el Ministerio de Cultura se
encargue de impartir “talleres literarios” teniendo incluso a su cargo una
“Dirección General” para esos fines, mientras el Ministerio de Educación se
despacha unos currículos de educación primaria y secundaria en los que la
literatura ha perdido toda su extensión gnoseológica y se propone, entre otras
cosas, que un “madrigal” tiene el mismo estatuto textual que un anuncio
publicitario? Nadie debería soprenderse, puesto que el mismo ministro de cultura,
Sr. Pedro Vergés, es filólogo —y de los buenos, según me han dicho—, mientras
que el ministro de educación es arquitecto. ¿Consideras, Sancho, que mi amigo
Ramón podría desenredarme este entuerto?

No obstante, ¿saben qué pasaría si de
repente un día, como decía Pavese, las “personas decentes” de nuestra sociedad
comenzaran a pensar en voz alta? En primer lugar, contemplaríamos el súbito
eclipse de un millón de soles de pacotilla que solo alumbran porque están
conectados directamente a cualquiera de nuestras plantas generadoras (he ahí
una de las razones imaginarias de nuestros interminables apagones); en segundo
lugar, nos regalaríamos con el enmudecimiento súbito de la cáfila entera de
“opinantes” y demás papanatas empoderados a los que, para nuestra suerte, nadie
ya les hace caso pero igual continúan cobrando; y en tercer lugar, todos
nosotros volveríamos a escuchar con placer la radio de nuestro país sin temor
de quedar electrocutados con el sermón de tal o cual “ministro sin parroquia”
(¿es casual esta isotopía léxica entre políticos y religiosos?) o con la
interminable cháchara de quienes parecen ejercer el oficio de “voceros
voluntarios” de la oficialía de turno.
He expuesto todo lo anterior a sabiendas de
que nadie está obligado a lo imposible, que no por mucho madrugar amanece más
temprano, que no hay mal que por bien no venga y cualquier otra de esas
burradas con las que habitualmente se cierran todas las discusiones entre
nosotros. Una situación como la que aquí describo resulta insoluble en el
sentido común. Tampoco es de las que admiten una solución “a la carta”, sino de
las que exigen, por el contrario la participación polémica y polemológica de
todos los sectores, para así evitar que al final termine imponiéndose alguna
solución “prefabricada” por alguno de los sectores participantes.
Y es por esto por lo que, a mi edad, solo
creo en la gente que hace lo que hay que hacer, aunque no le convenga o aunque
le cause más penas que gloria. Me atrevo a esperar, eso sí, que estas líneas
sean leídas por todos, y no solo por quienes estén de acuerdo conmigo, pues
desde más de un punto de vista, este es uno de los temas sobre los cuales más
me gustaría estar equivocado.
SARTRE, Jean-Paul: "Situation de l'écrivain en 1947", en Qu'est-ce que la littérature. París. Idées/Gallimard. 1948.
-->
No hay comentarios.:
Publicar un comentario